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¿Perjudica el porno nuestra salud sexual?

Al calor de las violaciones múltiples y el #MeToo regresa un viejo debate, el de la influencia del porno en el sexo, y feministas jóvenes han retomado la batalla que Catharine McKinnon, Andrea Dworkin y otras libraron hace más de treinta años. Aquellas cayeron derrotadas por las reinas de la silicona y las leyes de la oferta y la demanda, pero también, desde el plano intelectual, fueron refutadas por las críticas finas o gruesas de personalidades tan dispares como Christina Hoff Sommers, JM Coetzee o Camile Paglia.
Aquel debate había nacido muerto y posiblemente el actual esté repitiendo los mismos errores. La polarización a favor o en contra de la pornografía de los años ochenta se libró entre las abolicionistas o prohibicionistas y los liberales, y en la actualidad estoy leyendo muchos textos que van exactamente por el mismo camino. Si el dilema es si el porno debe permitirse o abolirse volveremos a enfangarnos en un miserable debate sobre la libertad de expresión en el que, de manera natural, el vicio y el mercado tendrán las de ganar.
Pienso últimamente que uno de los grandes problemas de los debates culturales contemporáneos es que casi siempre se ven arrastrados a posiciones polarizadas en las que se asumen en bloque posiciones antagónicas, y por tanto cuesta horrores elegir argumentos de ambos bandos para hacerse una composición de lugar. Experimenté una sensación rara durante el debate que Laura Freixas y Sergio del Molino tuvieron sobre “Lolita” en 'El País'. Para mi sorpresa, Freixas me resultó tan convincente como del Molino.
Tras cruzarse un par de artículos en los que Freixas asumía una posición crítica hacia la recepción de Lolita y del Molino se levantaba en defensa de la grandeza literaria de la obra de Nabokov y de la libertad de expresión, yo asistí al cara a cara absolutamente inclinado por lo que del Molino tuviera que decir. Mi sorpresa fue que Freixas no estaba exigiendo ningún tipo de censura, sino reflexionando sobre la apariencia que había ido adoptando el mito de Lolita, que incluso resultaba ajena a la intención de Nabokov.

Conmigo o contra mí


Fue un debate enriquecedor en tanto que me permitió asimilar algunos conceptos contrarios a mis principios y conocer un punto de vista que, por ser tan diferente al mío, me abría a un terreno nuevo desde el que pensar. La actitud dialogante de Freixas y del Molino y la moderación de Berna González-Harbour hicieron posible este raro episodio. En ningún momento, pese a la postura de Sergio en defensa de la libertad creativa, permitió Freixas que se la arrojase al lado de los prohibicionistas.
Los debates de “conmigo o contra mí”, o los más penosos todavía de “conmigo o contra las víctimas” están envenenados de magnetismo. Nos pasa que acabamos sintiéndonos atraídos por un bando y acabamos defendiendo más de lo que nuestros argumentos están preparados para soportar. Asumir que el mito de “Lolita” se ha construido, en parte, como una estilización de la pedofilia, es perfectamente compatible con una defensa a ultranza de la grandeza de la obra e incluso, si me apuran, de lo inofensivo de ese mito.

Dicho de otra forma, señalar que un aspecto cultural es problemático o que nos enfrenta a una de las muchas imperfecciones del género humano no tiene por qué arrastrarnos a una mojigata campaña abolicionista o censora. Se puede (y se debe) hacer una crítica cultural afilada que no desemboque en posturas tan ridículas e infantiles como la de los universitarios norteamericanos que corren al espacio seguro cuando un profesor menciona a Jordan Petersen.
Lo que nos lleva de vuelta al debate sobre el porno, en el que (por desgracia) se extiende una postura determinista que recoge el testigo de Dworkin y MacKinnon y asegura que el porno tiene una responsabilidad directa sobre las violaciones y por tanto debe ser erradicado. Ante esta opinión, por lo general cacareada en artículos digitales y departamentos de género de universidades anglosajonas, saltan las feministas liberales y los no feministas a rugir.
Si esquivamos los extremos y conseguimos alejar el debate del terreno de la libertad de expresión, es decir, si la pregunta no es si el porno debe o no debe existir, si eludimos si debe o no debe permitirse, podremos aprovechar buena parte de los argumentos de las dos partes para responder con honestidad a preguntas mucho más interesantes.
¿Es el porno de fácil acceso de la era digital una influencia negativa para la educación sexual de los jóvenes? ¿Es la única ventana de esta generación a la educación sexual?  
Son solamente algunas de las preguntas que florecerían si el debate se mantuviera lejos de ese reactivo químico tan socorrido que arrastra buena parte de las discusiones culturales a una desasosegante y estéril lucha a favor y en contra de la libertad de expresión.

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