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El sexo en el Tercer Reich: una orgía nazi permanente para "salvar a la raza"

"Se hace indispensable un trabajo de pedagogía. Habría que darle instrucciones precisas a los escritores y artistas contemporáneos: será necesario prohibir las novelas, los relatos o las obras que pongan en escena dramas conyugales o las películas que traten al hijo extraconyugal como hijo de valor inferior, como hijo ilegítimo". Las palabras son del mismísimo Adolf Hitler recogidas por Martin Bormann en fecha tan tardía como el 29 de enero de 1944, cuando, a pesar de su posición cada vez más difícil, el Führer aún soñaba con ganar la Segunda Guerra Muncial. Y sin embargo... "La situación de nuestra raza después de la guerra será catastrófica, porque nuestro pueblo se enfrenta a una segunda sangría terrible en menos de treinta años. Lo más probable es que ganemos la guerra, pero la perderemos desde el punto de vista racial si no revolucionamos las ideas heredadas y las actitudes que de ellas se desprenden".

Pero como explica el historiador francés y experto en la Alemania nacionalsocialista Johann Chapoutot (1978) en su excelente libro 'La revolución cultural nazi' (Alianza, 2018) la obsesión racial del régimen que persiguió acabar con todos los prejuicios para convertir el país en una orgía permanente para la multiplicación exponencial de los arios estaba presente desde sus comienzos. La ansiedad por la sangría demográfica que desató la Primera Guerra Mundial alcanza en los años 30 con la conquista del poder por los nazis niveles de auténtica paranoia.

'La revolución cultural nazi' (Alianza)

¿Resultado? Una política sexual extrema y contradictoria que, por un lado, se mostraba tremendamente reaccionaria al atacar la emancipación de la mujer, la contracepción o la homosexualidad y, por el otro, radicalmente moderna al desdramatizar, casi incentivar, el sexo extramatrimonial y la igualación legal de los llamados hijos ilegítimos. Junto, por cierto, con la eliminación del que ya no ofrecía ninguna colaboración para revertir el amenazador invierno demográfico alemán, por muy ario que fuera: "Las personas mayores tienen derecho a la asistencia si, y solo si, contribuyen a la fertilidad alemana y son capaces de entregarle al pueblo alemán una eterna juventud".

Apocalipsis racial

"La visión nazi de la historia está suturada de angustia biológica y tejida de advertencias apocalípticas. Si damos crédito a semejante 'visión del mundo', la raza germánica está desde sus orígenes alienada y desnaturalizada por influencias culturales y biológicas venidas de fuera, que van destruyéndola a fuego lento y no tardarán en hacerla desaparecer". Chapoutot persige esa angustia racial apocalíptica en su libro a lo largo de las peculiares manifestaciones de la cultura nazi, desde su rechazo a la 'biología mórbida' de la pintura expresionista alemana hasta su abusiva recreación de Kant como filósofo nórdico del que el genocida Eichmann se declaró fiel seguidor a la policía israelí que lo interrogaba ante la estupefacción general. Pero es en el sexo donde la locura alcanza su máxima expresión.

Un folleto titulado 'Pueblo en peligro' publicado en Múnich en 1934 por el editor nazi Lehmann auguraba una inmediata catástrofe demográfica a una Alemania moribunda en una Europa en minoría donde apenas unas decenas de millones de nórdicos se enfrentarían a centenares de millones de eslavos. Por entonces el renombrado doctor de las SS Arthur Gütt clamaba: "Todo debe estar subordinado al objetivo de nuestra política racial, todo, incluidos los imperativos que gobiernan nuestra sexualidad y nuestras familias". Y uno de los enemigos principales de aquella limpia eran esas "doctrinas superadas y falsas" legadas por el cristianismo.

La legislación del III Reich se aplicó a la tarea con entusiasmo para atacar el aborto, la homosexualidad o el trabajo de las mujeres con una secuencia de leyes que alternaban las medidad incitativas y de subsidios y las durísimas saciones contra la ausencia de fecundidad que, por otra parte, según anota Johann Chapoutot, no eran extrañas en la Europa de la época. La paradoja está en que además de estas medidas tradicionales el nazismo inición una salvaje demolición de la monogamia y su institución paradigmática: el matrimonio.

Ocurrió en tres oleadas. La primera fue la igualación de los derechos de los hijos concebidos fuera del matrimonio, los llamados ilegítimos, puesto que "el acto de procreación solo puede comparecer ante el tribunal de la raza y de los ancestros y no ser juzgado según las normas de una Iglesia, sea la que sea, o una moral burguesa miope y filistea". En segundo lugar los nazis facilitaron extraordinariamente el divorcio, incéntivándolo activamente "en especial cuando el matrimonio es estéril". La tercera y principal némesis del amor y el sexo en tiempos de los nazis sería la propia monogamia en sí, pues no en vano el estado de excepción generado por la guerra permanente suspendió necesariamente "los viejos usos venerables".

Incluso el matrimonio, para los nacionalsocialistas, tenía los días contados. Lo que la defensa de la raza exigía era la orgía sexual indefinida.

La poligamia de los Bormann

Todo esto no ocurrió sin resistencias culturales de la conservadora sociedad alemana como puede leerse en las declaraciones de juristas de la época y de numerosas publicaciones en defensa de la familia tradicional para las que lo esencial era regresar al hogar monogamático clásico de cuatro o cinco hijos con el fin de perpetuar la raza y compensar las pérdidas de guerra.

Gerda y Martin Bormann el día de su boda junto a Adolf Hitler.

Pero la cúpula nazi era más revolucionaria, como demuestra el caso del citado Martin Bormann, secretario particular de Hitler y criminal de guerra, y de su mujer Gerda. Cuando su marido le anunció su relación con la actriz Manja Behrens cuyo novio estaba destinado en el frente, Gerda le escribe: "Es una pena que a mujeres tan hermosas, se les niegue la posibilidad de ser madres. (...) Podrás ocuparte de que eso cambie pero deberás estar atento a que M. tenga un hijo un año y yo al siguiente, de manera que tengas siempre una mujer que esté disponible". Así, Gerda Bormann organizó un preciso plan reproductivo plurianual para maximizar la productividad del esperma de su marido.

Concluía la pragmática Gerda su misiva: "Será bueno que se promulgue una ley al final de la guerra, como al final de la Guerra de los Treinta Años, que permita a hombres sanos y válidos tener dos mujeres". Y su marido le respondía: "El Führer es exactamente del mismo parecer".

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