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El baile de los 41’ expone a nuestra sociedad clasista, machista y homófoba

 Alfonso Herrera es actor y productor. Ha participado en más de 20 programas y series de televisión, nueve películas, obras de teatro y dobl...

 Alfonso Herrera es actor y productor. Ha participado en más de 20 programas y series de televisión, nueve películas, obras de teatro y doblajes. Actualmente es embajador de Buena Voluntad de ACNUR.



El charro macho y conquistador, la madre abnegada, el héroe viril o la novia inmaculada son estereotipos creados y reforzados durante años en el cine y la televisión en México, pero también la “marimacha” o el “afeminado”: personajes discriminados y relegados a manera de relleno y siempre con una carga emocional basada en su sexualidad o identidad de género. Con esa misma fuerza

Con esa misma fuerza discursiva y cultural, ahora estos mismos medios pueden cambiar las narrativas.

Históricamente, los roles de la comunidad LGBT+ en el cine y la televisión han sido desarrollados y construidos desde el prejuicio de la óptica patriarcal. Hasta hace muy poco, era casi impensable contar con historias y personajes LGBT+ complejos, cuya existencia fuera más allá de su género o preferencia sexual, y cuya aparición no fuera fugaz y caricaturizada. En el caso de los gays, por ejemplo, los medios se limitaban a mostrar la imagen de hombres afeminados, inestables, conflictivos, irracionales o frívolos, y sus papeles eran, prácticamente, de adorno. Era, pues, la forma reduccionista que la heteronorma tenía para explicar, acaso ridiculizar, la homosexualidad.

Este tipo de representación en los medios de comunicación ha ayudado a perpetuar la discriminación y la violencia, pues al abordar a los personajes LGBT+ desde el prejuicio y el estereotipo se les dotó de atributos “indeseables”. En los últimos años, sin embargo, ha habido cambios significativos en los contenidos respecto a la comunidad, con historias complejas y tridimensionales, con roles protagónicos, con narrativas que las y los reivindican, personajes con contextos reales integrados de forma orgánica en las tramas, e incluso, personajes cuya orientación sexual no significa una condicionante en el desarrollo de su arco.

El Baile de los 41, película de David Pablos que protagonizo junto a Emiliano Zurita y Mabel Cadena, es una de esas historias necesarias, porque señalan un momento histórico para la comunidad LGBT+ y explica gran parte de lo que fuimos y de lo que somos como sociedad: una de apariencias, clasista, machista y homófoba. Situada en el México de 1901, la cinta narra la doble vida de Ignacio de la Torre, empresario, político y yerno del dictador Porfirio Díaz, y quien era miembro de un club clandestino de homosexuales. En el filme, recientemente estrenado en Netflix, se castiga y humilla a estos hombres y al hacerlo evidencia la crueldad humana: nos cuestiona y restriega la deuda histórica que tenemos con la comunidad.

Se aplasta la perversión, pero si los pervertidos son ricos sus nombres se confían a los patíbulos del chisme. A los gays de la élite los invisibilizan sus vínculos con el poder, y solo padecen las asechanzas del rumor, escribió el intelectual mexicano Carlos Monsiváis sobre este hecho histórico que no solo dio fe de una negación de derechos humanos y civiles, sino de que el dinero y el poder pueden aminorar el estigma.


El baile de los 41 es una historia de una resistencia social que necesitaba llegar a la pantalla y a las nuevas generaciones. Por eso, la película solo podía ser contada desde la sensibilidad de Pablos y el guion de Monika Revilla, quienes entienden, como pocos, las condicionantes de los contextos en el ser humano.

La relación cultura-comunicación-representación social es tan estrecha que modificando una puedes incidir en las otras. El contexto influye en la creación de los contenidos, de la misma forma que los contenidos tienen el potencial de incidir en el pensamiento social y colectivo. De ahí la importancia de la diversificación de plataformas, nuevos formatos, narrativas y jugadores que tengan la intención de ser más plurales, conscientes, responsables y críticos.

En la serie Sense8 (2015-2018), de las hermanas Wachowski, di vida a Hernando, un hombre sensible, doctor en Historia y novio de un popular actor que no sabe cómo salir del clóset. El show de ciencia ficción abordó también temas de diversidad, pluralidad, inclusión e interconexión y se convirtió en un referente para la comunidad LGBT+, que se vio y sintió representada más allá de clichés y estereotipos. Esta serie y la reacción de sus espectadores cuando fue anunciada su cancelación dejó algo muy claro: hay audiencias diversas que demandan romper con lo estandarizado y las etiquetas, y que exigen contenidos propios de una sociedad cambiante y que tiene que dejar de ser patriarcal. Otro aspecto disruptivo de esta serie está en su concepción, pues fueron las hermanas Wachowski, mujeres trans activas y emblemáticas para la comunidad LGBT+, las que escribieron, produjeron y dirigieron la historia.

Crecí y fui educado para respetar al prójimo pero bajo el privilegio de ser un hombre blanco heterosexual. Hay áreas en la lucha de la comunidad LGBT+ que seguramente no he logrado entender del todo, pero elegir interpretar a dos personajes gay bajo la dirección de Pablos y las Wachowski me permitió comprender que mis privilegios fueron construidos bajo la opresión histórica de otros y otras.

A inicios de mi carrera como actor, eran pocos los personajes LGBT+. Los que había en las telenovelas mexicanas eran casi siempre gays y solían interpretar personajes de peluqueros o modistos que sabían todos los secretos; sus papeles se limitaban a ser prácticamente bufones que rompían con la seriedad de un melodrama. En películas en Estados Unidos, se les veía como el mejor amigo de la protagonista, como en La boda de mi mejor amigo. Sus roles siempre fueron secundarios y su presencia poco influía en la historia. Caso aparte es el de las lesbianas, cuya presencia se reducía a contenidos eróticos o pornográficos para satisfacción del hombre.

Romper la heteronorma no es una tarea exclusiva de las personas dentro de la comunidad LGBT+. Empatizar es el principio de la deconstrucción y yo sigo y seguiré en el proceso de desaprender lo que social y culturalmente nos ha impuesto el patriarcado. El cine y la televisión tienen todo el potencial para normalizar nuevos discursos, que ojalá sean de inclusión y pluralidad.

Quienes formamos parte de la industria del entretenimiento tenemos la obligación de contribuir con cambios culturales y discursivos que promuevan el respeto y la igualdad. También tenemos la posibilidad de ser más incluyentes y, en ese sentido, el cine y la televisión no han logrado integrar tan exitosamente a otras identidades de género u orientaciones sexuales, como bisexuales, trans, asexuales, pansexuales, no binarios… y cuando lo hagamos, cuando logremos incluir a todo el espectro LGBT+, tendremos que hacerlo sin reducir su existencia a su sexualidad.


El baile de los 41’ disponible en la plataforma NETFLIX




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