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El día que el comunismo inventó el sexo y el amor modernos

Si decimos “Praga, 1968”, lo más probable es que al lector le venga a la cabeza la imagen de los tanques soviéticos irrumpiendo en la ciudad checoslovaca, uno de los momentos clave de la Guerra Fría. Pero ese mismo año, apenas dos meses antes, había tenido lugar otro hito histórico que el tiempo y la propaganda barrieron. Fue el Symposium Sexuologicum Pragense, un congreso de sexualidad que reunió a 300 expertosde cuatro distintos continentes entre los que también se encontraban representantes del estadounidense Instituto Kinsey, a la vanguardia de la investigación amorosa. Lo que la política no podía conseguir, el sexo sí lo lograba.

Checoslovaquia se encontraba en ese momento a la vanguardia de la sexología global. A mediados de los 60, sus expertos habían publicado cuatro pesadas monografías y más de 200 investigaciones, que tenían un sorprendente gancho comercial: aparecían a menudo en la televisión y en la radio ('Conversaciones privadas' fue durante casi un lustro un clásico en las ondas checoslovacas), vendieron millones de ejemplares de sus libros tanto en su patria natal como en otros países del bloque y pasaban el año de conferencia en conferencia. Muchos de sus trabajos eran resultado de colaboraciones internacionales que habían convertido al satélite soviético en uno de los países referencia.

Estas no se quedaban en el ámbito teórico: Checoslovaquia descriminalizó la homosexualidad en 1961 y las guías matrimoniales abogaban por la igualdad entre hombres y mujeres. Todo este proceso acaba de ser recogido por la profesora de la Universidad de Masaryk (Brno) Katerina Loskova en 'Sexual Liberation, Social Style', publicado por la Universidad de Cambridge. En él reescribe la visión histórica predominante, según la cual fue en las sociedades capitalistas de los años 60 donde, a través de adelantos científicos como el descubrimiento de la píldora anticonceptiva y la promoción del amor libre se produjo la gran revolución sexual. Para la checa, algunos países del bloque del este como el suyo ya habían comenzado a cambiar las cosas décadas antes, entre finales de los 40 y principios de los 60.

“El sexo debía tener lugar entre iguales, y los hombres y las mujeres debían estar libres de las cadenas burguesas de la propiedad”, escribe la socióloga en la introducción del libro. “De hecho, antes de casarse, se esperaba que las parejas llegasen a conocerse bien, ya fuese en el trabajo o en las unidades de trabajo colectivo voluntario”. Era la dinámica habitual en los años 50, que recogía una larga tradición de interés por la sexualidad –el Instituto para el Estudio de las Patologías Sexuales fue fundado en 1921– y que terminó de eclosionar tras la llegada del comunismo al poder, que intentó introducir los principios proletarios en los dormitorios. Por ejemplo, a través de uno de los estudios pioneros sobre el orgasmo femenino, una macroencuesta entre la población checa.

El mejor sexo, entre camaradas

La implantación del socialismo fue un hito no solo por su avanzada de la sexualidad, sino también porque hizo cambiar el foco de la enfermedad (negativa) a la sexualidad (positiva), como muestra que el Instituto para el Estudio de las Patologías sexuales pasase a llamarse, simplemente, Instituto Sexológico. “Entre 1948 y 1950, el gobierno reformó el Código Familiar, concibió préstamos para los recién casados con la intención de eliminar las dotes y la endogamia de clase, apoyó la inclusión de las mujeres en el entorno laboral, simplificó el divorcio, intentó colectivizar las labores del hogar, construyó guarderías y jardines de infancia y prohibió la Sociedad Eugénica”, recuerda Loskova.

La Primavera de Praga, un antes y un después. (Cordon Press)

Estos adelantos se reflejan en los manuales para el matrimonio que se publicaron durante los años 50, y en los que se recuerda continuamente que el principio de todo matrimonio es el amor recíproco experimentado por la pareja, no los arreglos económicos o la posibilidad de ascenso social, como era relativamente habitual en la sociedad checoslovaca. Como la propia autora ha manifestado en una entrevista con 'Open Democracy', “la idea de que la gente debería casarse tan solo por amor y que el amor es la única razón para el matrimonio es muy socialista”. Había una razón demográfrica para defender el cariño: según los resultados de aquella macroencuesta orgásmica, la ausencia de amor conduce a un menor número de orgasmos, y por lo tanto, a una menor práctica sexual.

No se trataba tan solo de Checoslovaquia, sino que era algo común a muchos de los países del bloque del este, que apostaron por proporcionar independencia económica y personal a la mujer, que ya no era madre sino trabajadora. El ejemplo más claro es el acceso al aborto, liberalizado en la mayoría de los países socialistas a lo largo de los años 50, y que incluía supuestos como las dificultades económicas de la madre. “Lo que es menos conocido es que los códigos familiares comunistas tuvieron éxito en lo que sus predecesores de entreguerras habían fracasado: la igualdad legal entre maridos y mujeres”, recuerda la socióloga. “Las mujeres, en sus nuevas posiciones, disfrutaban de los mismos derechos que los hombres en el matrimonio, poseían la mitad de los bienes comunes y decidían con sus parejas el destino de sus hijos”.

¿Por qué, entonces, ha prevalecido la imagen de las machistas sociedades comunistas? Por un lado, concede la autora, no es fácil cambiar un país de la noche a la mañana, así que “la realidad del patriarcado coloreaba las vidas cotidianas”. Se trató, admite, de un proceso de arriba abajo por parte del nuevo régimen, que no siempre tuvo su reflejo en la vida diaria. A pesar de ello, Loskova recuerda que la mayor parte de las investigaciones académicas realizadas durante el último cuarto de siglo, tras la caída del Muro, ha insistido en el carácter retrógrado de aquellas sociedades. Y eso tiene otra explicación: la 'Normalización'.

Llegaron los tanques, se acabó el sexo

Aquel 20 agosto de 1968 no solo se truncaron las esperanzas de millones de checoslovacos de vivir en una sociedad más abierta y libre, sino que también cambiaron para siempre sus costumbres. Durante las últimas dos décadas de control soviético del país, Checoslovaquia volvió a caer en el conservadurismo y la depresión, un período en el que se volvió a entenderse que “los hombres y las mujeres son fundamentalmente diferentes, y el matrimonio solo funciona si los hombres son superiores a las mujeres”. De no ser así, y en caso de que el varón no fuese capaz de imponerse a la mujer, estas experimentarían una perenne insatisfacción sexual.

Es una muestra más del proceso de retroceso a la esfera privada que tuvo lugar durante la conocida como 'Normalización', en la cual se intentó restaurar la autoridad del partido acabando con toda posible disensión. Ese período que no concluyó hasta la caída socialista en 1989, frente a las utopías de los años 50 y principios de los 60, “fue una época de gran complacencia ante el estado de las cosas”. Eso significó un retorno a las viejas costumbres y un abandono de las audacias amorosas. Aunque los sexólogos siguieron teniendo un gran éxito popular, y finalmente consiguieron una mayor financiación para abrir centros, el contenido era muy diferente: “El matrimonio ideal ahora era completamente diferente a aquel de los largos 50”, apunta la profesora. “Los libros publicados en los 70 insistían en la necesidad de una jerarquía de géneros para que el matrimonio tuviese éxito (incluso para una satisfactoria vida sexual) y defendió que las familias viviesen su vida privada aisladas de la sociedad”.

Tanto en una época como en la otra, recuerda Loskova, el matrimonio era el centro de la vida sexual, pero mientras en los 50 aún había una búsqueda de la igualdad entre sexos, eso comenzó a desaparecer durante los 70… y probablemente haya llegado hasta nuestros días, tantos años después de la extinción del bloque socialista. Es la última consecuencia de la negativa imagen ligada al comunismo durante las últimas décadas: es lo que ocurrió en Polonia, uno de los países pioneros en la regulación del aborto y donde recientemente ha estado a punto de prohibirse por completo. “Todo lo comunista es malo y eso significa una cosa distinta en cada país”, recuerda la profesora, que añade una vez más que los avances sociales no son lineales, sino más bien un proceso de tira y afloja donde se suele dar un paso atrás por cada paso adelante.

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