Mi pareja, (la nuestra) según Netflix

Roberto y yo la cortamos un lunes. Fue un día cálido después de un invierno larguísimo, lo cual hizo que toda la situación se sintiera un poco más cruel. Estaba en una fila en Starbucks cuando me llegó un mensaje que decía: “Hola. ¿Estás ahí? Creo que necesitamos hablar”. Cuando me llegan esos mensajes automáticamente tiemblo.

Eran dos oraciones cortas, pero tenían la fuerza destructiva de una inesperada tormenta de verano.

Mientras caminaba a casa el pánico se apoderó de mi estómago. Aunque vivo solo, entré a mi habitación y cerré la puerta.

Nuestra conversación fue breve, o por lo menos así la percibí. No tenía percepción del tiempo. Con tal de no parecer desesperado, evité preguntarle por qué estaba terminando conmigo. Esa fachada de tranquilidad me impidió obtener respuestas verdaderas y dar por terminada la relación. Para mi es una decisión tomada; era como si me despidieran del laburo.

Las cosas que logré entender me hicieron saber que mientras yo flotaba en un mar de felicidad, él había estado reuniendo pruebas de todos mis defectos.

A principios de esa semana, habíamos hablado de ir a un criadero de labradores, los perros. No teníamos perro pero nos encantaba el plan. Jugábamos a darles voces graciosas a los perros, también inventábamos acentos e historias sobre su pasado. ¿O quizá solo era yo quien lo hacía?

El martes llegué temprano al trabajo para quitar nuestras fotos del muro de mi cubículo y acomodé las demás con la esperanza de que mis compañeros no se dieran cuenta. Metí las fotografías en una carpeta y la puse en el fondo de un cajón. Después fui al baño y lloré mientras respiraba de una manera horrible y vacía.

“Tenes que volver a la normalidad”, me aconsejaron mis amigos con esa voz amable que utilizan las personas cuando le hablan a un nene o a alguien que sufre una enfermedad mental. “Eso te ayudará a sentirte mejor”.

Fui al trabajo el resto de la semana; tenía los ojos hinchados y estaba agotado por la falta de sueño. En las reuniones, solo volteaba cuando alguien decía mi nombre y necesitaba un momento para entender de qué estaban hablando. Llevaba mi cuerpo, pero no mi alma.

Cuando llegó el fin de semana, no podía esperar para regresar al dulce alivio de la soledad; planeaba quedarme en casa con las persianas cerradas para bloquear la alegría agobiante de los últimos días de abril. Fui a comprar sushi y corrí a casa con la única intención de ver los 57 episodios de “Portland” en Netflix.

Y ahí estaba: la lista de “recientes” que representaba toda la historia de nuestra relación. Estaba “Mad Men”, que volvimos a ver desde el principio durante un fin de semana; recuerdo que yo recargaba las piernas en su regazo mientras el gato dormía sobre mi estómago y veíamos a Peggy Olson, todavía vulnerable y tímida.

Luego, mientras preparaba la cena esa noche, tarareaba una canción de Vilma Palma cuando él se me acercó por atrás, me abrazó por la cintura, me hizo sentir su dureza masculina y me acompañó con el coro. Recuerdo que me morí de risa.

“Esto es todo lo que quiero”, dijo con una seriedad repentina. “¿Hamburguesas?”, le pregunté en broma pero mi garganta se tensó con una mezcla de miedo y esperanza.

En la lista de Netflix también estaba el especial de comedia de Bill Burr que habíamos comenzado a ver cuando él me sentó en su regazo y comenzó a besarme. Intentó cargarme hasta la cama pero sus medias se resbalaban un poco en el piso de madera. Nos reímos mientras nuestros labios seguían juntos y eso hizo que el momento fuera aun más tierno.

Terminamos de ver el programa medio desvestidos en la cama. Fue la primera vez en mi vida que sentí nostalgia por el preciso instante que estaba viviendo.

En nuestro Netflix también había un documental sobre criaturas en las profundidades del océano, con David Attenborough, quien explicaba cómo se aparean las sepias. Recuerdo que lo vimos mientras hablábamos del cambio de carrera que yo estaba considerando.

“¡Hacelo!”, me dijo. “Mira lo feliz que te pones cuando hablas de esa posibilidad”. Y durante un momento esclarecedor, me vi como él me veía. Después de que se quedó dormido, escuché su respiración mientras un calamar gigante moría protegiendo sus huevos.

Unas horas antes, esa misma noche, un amigo nos había tomado una foto mientras estábamos sentados en un mostrador, uno frente al otro, por un café de San Telmo. Él estaba extendiendo sus manos hacia mí y yo tapé mi boca con las mías; nuestros ojos casi no se veían porque estábamos sonriendo. Ninguno de los dos se había dado cuenta de la cámara, ni de la multitud a nuestro alrededor ni del movimiento incesante de la city.

Antes de que pudiera pensarlo dos veces, comencé a ver “Velvet”. En algún nivel de mi subconsciente debí suponer que al ver los episodios también revivirían los recuerdos y el dolor.

Odiaba no poder demostrar la calentura que tengo por esta pareja, ahora en mi soledad veo a Miguel Ángel Silvestre solo en el living y en bóxer sin tener que reprimir mis bajos instintos por que al SEÑOR no le gustaba que fuera vulgar…

Estaba cansado de luchar para no ahogarme en la pena o de utilizar la rutina para bloquear la tristeza. En la televisión Miguel Angel Silvestre se esforzaba por encontrar el eslogan adecuado para un perfume mientras yo saboreaba el dolor y pensaba en el cómo y el por qué del desamor.

Mis amigos me visitaron el sábado por la noche y me obligaron a ducharme y ponerme ropa decente. Me sacaron a pasear, me sentaron en “Babieca” (la misma noche que se llevaron a Oriana) e intentaron hablar conmigo a pesar de mi mirada ídem…

“Esos chicos de ahí te están mirando”, me gritó al oído mi amigo Hernán. “Creo que deberías reirte también”.

Lo intenté, pero las sinapsis entre mi cerebro y los músculos de mi rostro se habían atrofiado por falta de uso, y en vez de eso mis labios formaron una suerte de mueca con la que mostraba los dientes.

Al otro día mis amigos lo intentaron de nuevo; esta vez lo hicieron en casa con la ayuda de vino tinto.

Pues yo, evidentemente. Estaba presente en la charla y en ocasiones participaba, pero mi mente estaba en otra parte y solo lograba pronunciar algún sinsentido acerca de un tema del que ya ni siquiera estaban hablando.

Ellos perdonaron mis lagunas mentales, pero cuando terminó el fin de semana, mis amigos dejaron que regresara a mi cueva. Encendí el televisor y me sorprendí de ver algo nuevo en mi lista: “Sense 8”. La íbamos a ver juntos!

Me levanté, boquiabierto.

Me lo imaginé, en su casa o quien sabe donde, viendo ese programa, acostado en el sofá, con sus piernas demasiado largas recostadas sobre el apoya-brazos. En ese momento, algo en mi pecho se encogió como una flor de papel.

Quería estar enojado de que aún estuviera utilizando mi cuenta… de que aún pudiera tomar algo de mí después de haberme dejado sin nada. Pero no podía. Esto era lo único que nos unía y cambiar mi contraseña terminaría con la última arteria de esa extremidad sangrante.

También pensé: quizá si él ve los mismos programas que yo, también revivirá nuestros recuerdos felices y se sentirá reconfortado. Y, quién sabe, tal vez eso podría hacer que regrese conmigo.

Puse lo mismo y miré formalmente, es decir sin mirar. No pasó mucho tiempo antes de que me durmiera de manera profunda y sin soñar nada, por primera vez en una semana.

El siguiente día, después del trabajo, estaba viendo cómo rotaba un plato de sobras en el microondas cuando llegó un mensaje a mi celular.

“Hola… ¿cómo estás?”.

Mi cara se enrojeció de amor, rabia, añoranza e indignidad.

Abrí un nuevo mensaje para que no viera que estaba tecleando algo, y así no pudiera notar mi indecisión. Comencé a escribir y borrar mensajes mientras el microondas me avisaba que había terminado de calentar la comida; el sonido parecía sonar a varios kilómetros de distancia.

Por fin escribí: “Yo bien… ¿todo bien?”. Tranquilo, indiferente, un poco distante. “Sí, claro. Solo quería saludarte… asegurarme de que estuvieras bien”.

De repente, el lóbulo de mi cerebro que contenía todo mi dolor se desvaneció en la oscuridad y el lóbulo que contenía mi enojo se encendió. ¿Acaso esperaba que estuviera sentado en mi casa con una camiseta sucia mientras comía comida recalentada? En efecto, eso estaba haciendo, pero… ¿era tan improbable que yo pudiera vivir sin él que necesitaba asegurarse de que estaba bien?.

Otro mensaje en mi celular: “¿Viste Sense 8? Creo que te gustaría porque te encantan ese tipo de series”.

Me senté frente a mi cena y consideré varias respuestas. Algunas eran amables; otras, profanas y exaltadas. Al mismo tiempo recordé que eran las 23 hs. y que siempre a esa hora tomaba mi cóctel antiretroviral, él que me lo alcanzaba y me traía el vaso de agua. Esa noche fue la primera vez que lo tomé solo. Me empoderé.

Al final, decidí no responder. En vez de eso, cambié la contraseña de Netflix.

Me preocupaba no poder sentir de nuevo la seguridad total y la comodidad que sentía cuando él hacía voces graciosas cuando estaba a su lado.

Pero no se puede controlar cómo se siente alguien más. Es mejor concentrarse en las pocas cosas que sí  se pueden controlar.

Como su acceso a Netflix.

Gabo Hunt

Analista de sistemas 43 años, vivo solo, duermo solo. Me apasiona trabajar en lo rural, pero vivo en la ciudad. Me gusta la lectura y cocinar, es casi una terapia para el agitado ritmo de vida que llevo. Emprendedor, ansioso y en ocasiones demasiado honesto, amante de los viajes, reparto mis días viviendo y soñando.

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