Lautaro Anchorena“El fenómeno sociológico de la privacidad en público”: así define Juan José Sebreli al #cruising en su Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires, esa predadora costumbre que consiste en buscar un compañero para un encuentro sexual esporádico, en general de manera anónima y sin ataduras, en lugares tales como plazas, parques, baños de estaciones o donde el olfato o el mapita de alguna guía gay nos indique.

 De ahí que el “yire” (tal la acepción rioplatense del término en inglés que fue acuñado como santo y seña de un comportamiento que es típicamente homosexual y cuyos orígenes se remontan a la antigua Roma) haya sido visto como manifestación del fenómeno de la flâneurie y de cómo caminar sin rumbo por el laberinto de la gran ciudad suele crear expectativas eróticas con sus posibilidades de contactos impersonales. Pero mientras el yire en lugares públicos era casi la única manera de reclutar y hasta degustar amantes en pocas pasadas (un fenómeno claramente vinculado con la cultura de baños), hoy es apenas una modalidad más, imbuida de un carácter furtivo que ha perdido toda impronta clandestina.

De hecho, cualquier turista sabe —si se preocupa por hacerse de una guía gay de Buenos Aires— que los sitios de cruising por excelencia son la Reserva Ecológica (sobre todo los puntos de Av. Brasil y Av. Costanera, o Viamonte y Av. Costanera), así como también la palermitana Plaza Pakistán (enfrente del Hipódromo), en donde es habitual encontrar a hombres entregados a quehaceres sexuales con la interposición edénica ya no de una hoja de parra sino de alguna planta y/o arbusto.
Suerte de magnetismo grupal que persiste, sin los rigores o las delicias de la intemperie (dependiendo de la época del año), en los ya míticos baños de las estaciones de Constitución y Retiro (hasta no hace mucho se yiraba también en uno de los baños de la Facultad de Derecho de la UBA), y que se conforma apenas con la ceremonia de miradas típica del cruising y con algún que otro levante callejero en el trecho de Av. Santa Fe que va de Callao a Ecuador (los bares El Olmo y Babieca son referencias insoslayables de este folklore), e incluso la calle Marcelo T. de Alvear, histórica parada de taxi-boys barriobajeros. Signos de que el cruising nunca respondió del todo a una lógica de encuentros fortuitos sino más bien a itinerarios prefijados (en otro tiempo, sotto voce), y que en una ciudad como Amsterdam cuenta con un parque que de la misma manera que tiene carteles que delimitan la zona de juegos para chicos y el lugar para pasear a las mascotas, hace lo propio con el lugar en donde decenas de gays se entregan al atávico placer de enfilar hacia los yuyos.

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