Setenta y tres  años antes de Cristo nadie calificaba o descalificaba a un varón  por elegir a un par versus las mujeres que se le ofrecían y no porque careciera aquella sociedad de organización y valores.

Por el contrario, un gladiador mata en la arena a su contrincante y desciende de su gloria a las celdas  para ofrecer sus respetos al dolido pero resignado  “viudo” (guerrero también y campeón entre pocos) pidiéndole  permiso para presentar a los dioses una ofrenda en honor del valeroso  caído.

Estaban destinados a matar o morir.

Los baños compartidos de aquellos combatientes con sus espléndidas desnudeces sin tapujos se muestran como lo dicen los libros.

El acto de defecar de un ciudadano romano en la letrina pública y limpiarse con un pequeño listón de madera provisto por un esclavo habla del rigor de la investigación histórica de una producción que demandó cinco millones de dólares por capitulo.

Con la premier de la tercera temporada en 2012, dijo  Steven Deknight, su guionista: Recibo comentarios  porque pongo al aire, y lo digo entre comillas “toda la mierda gay” en mi show. Hay personas pidiéndome bajarlo de tono, a lo que siempre he dicho: NO, al menos en lo que a mí como guionista me concierne. Lo gay era parte  del mundo de Spartacus y es parte de nuestro mundo ahora. Así que…ignoro esas críticas. Si las personas quieren dejar de ver el show porque dos hombres se besan, bueno, me encojo de hombros. Eso siempre va a estar ahí.

De todos los personajes principales, nueve de ellos no son heterosexuales y sus historias distan de  enfocarse en el hecho de su sexualidad.

El amor, el erotismo y la tragedia en Spartacus no están condicionados por el sexo o el género de quienes los protagonizan.

La violación de una esclava virgen por un aristócrata  es conceptualmente igual a la violación  de un fornido gladiador heterosexual por un dignatario poderoso o a que un líder luchador  se vea obligado a ser el semental de su dueña.

Después de una jornada en la que la palabra “puto” resuena en el lenguaje cotidiano como un estilete infectado de intolerancia y de exclusión arrojado por  las lenguas  de  nuestra cultura   eternamente homofóbica mayoritaria y cuanto más crisis socio económica   más  fanática, individualista, no solidaria y futbolera,  es refrescante hallarnos frente a una serie donde no hay  conflicto  porque   alguien de clase alta o baja fuera gay, bisexual o lo que pudiera ser en un mundo donde perder o ganar también era pasión de multitudes.

No hay salidas de clóset en aquel mundo, porque no hay necesidades de clóset, ni rechazos de amigos o familias.

Y Roma tenía tanta sed de sangre como esta cultura  la tiene de goles.

 

Aunque sea verdad que había machismo, que la esposa estaba relegada a las tareas hogareñas o a ser objeto decorativo, y que por tanto a un contrincante para denigrarlo se le dijera “mujer”;  a un gay pasivo no necesariamente se lo consideraba débil y existieron esclavas liberadas que guerreaban  junto a sus hombres mientras que  la homosexualidad femenina era natural a la hora de gozar, y la satisfacción  anal procurada a un  varón heterosexual por una prostituta no era motivo de escándalo sino un hecho que estaba contemplado dentro de las prácticas sexuales posibles.

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Agron no es visto menos hombre  sólo porque prefiera la compañía de Nasir antes que  la de una mujer como los demás hombres  de Spartacus; y a su vez, Nasir no es visto sólo como “el chico de Agron”.

Nasir (de rol sexual pasivo ) es igual a Agron,  y es un par por su accionar  de luchador para “la causa” dentro de  la clase a la cual pasa a pertenecer dado su temperamento firme leal y decidido.

Lejos de aquello, hoy una mujer puede igualar a cualquier hombre  siendo  la presidenta de un país  (impensable en la época de Spartacus), pero difícilmente  un varón homosexual que no esté tapado, alcance  tan alto puesto político y tenga a su lado un caballero en lugar de una primera dama.

Tal vez algunos gays actuales que tuvieron la valentía de destaparse en un tiempo equivocado, prefieran seguir   abriéndose  paso rudamente aunque les cueste la vida  como  a un gladiador,  antes que verse   esclavos sometidos al interior de un  closet   para dar tranquilidad a  la cultura homofóbica que  nos atraviesa aún en el Siglo XXI.

Veintidós  siglos atrás, en una Escuela de Gladiadores  (hombres comprados en la feria  para alcanzar la gloria de ser campeones, sin mucha diferencia  con la actual  “inversión” que se hace respecto de  un adolescente  reclutado en una villa para hacerlo crack de fútbol  o  boxeador), el impresionante  Barca le dice  a su amado  Pietro:

“Somos esclavos, nos han quitado la carga de tener que decidir. Sólo somos libres cuando morimos  o cuando hacemos el amor.”

Entonces Pietro se  arrodilla  para darle sexo oral a su amante mientras del otro lado de la celda sus hermanos gladiadores al pasar  ven la escena  con naturalidad y siguen de largo para darles privacidad, en un mundo de hombres dispuestos a morir en la arena, hacinados al igual que en la  concentración eterna de un equipo de fútbol  pero entre el sudor y la mierda por la escases de agua.

Sabemos lo que pasaría si una irrupción de pasión como  la descripta  ocurriera en una concentración de jugadores de  nuestro “civilizado”, monoteísta,  confortable  y políticamente correcto mundo.

Un tiempo  esclavizante y brutal aquel. ¿El nuestro no?

Una serie con abundante realismo de cabezas degolladas y vísceras desparramadas en la arena ¿pero acaso hoy no tenemos matanzas y guerras?

Un relato donde las emociones y deseos de los  hombres se exponen más desnudos que sus  genitales ante una cámara  libre de prejuicios, cuando el honor, el ideal de libertad,  la prueba de destreza,  el coraje  y  el amor son las cualidades que ameritan valoración,  y no  las elecciones sexuales o sus roles dentro de ellas.

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