George Michael – Outside

La última vez que recuerdo haber visto a George Michael en vivo fue en un tributo entre bizarro y emotivo de American Idol . La parte bizarra se corresponde con lo “duro” que parecía al cantar y lo gastada que me parecía su voz. Apenas un remedo del fabuloso intérprete que podía ir del bajo profundo al barítono dramático con golpes oscilantes de melisma asociado a la mejor música soul.  En criollo, George tenía la técnica y el alma de un cantaste góspel.  Y, como todo el mundo sabe, el góspel  te puede llevar al cielo y también a la iglesia, a ver si llorás un poco. Y, de paso, liberás tu espíritu de tanto pecado acumulado.

A Paula Abdul, uno de los jurados fetiches de la versión Popstars norteamericana, no le costó nada llorar. Esa sería la parte emotiva. A mí me conmovió más lo viejo que se veía, posiblemente porque me recordó lo viejo que estaba yo.

Es que hubo un tiempo pasado que si no fue hermoso al menos fue divertido: la histeria colectiva de Wham! , el pop pegadizo y descartable con reminiscencias de Motown  que entraba fácil al oído -igual que su imagen a los ojos- y su compañero de relleno, Andrew Ridgeley, a quien nadie recuerda tocando algún instrumento real ni mucho menos como un cantante góspel  o de ningún género. Era “la otra cara bonita”, de la que George se deshizo rápidamente para emprender su carrera solista. Carrera que comenzó en serio con un milagro llamado “Faith”.  Milagro porque se convirtió en el blockbuster de la segunda mitad de los años 80 (¿hace falta aclarar cuál fue el primero?) pero sobre todo porque se trataba de un Señor Disco, así con mayúsculas.

Un compendio de melodías memorables y letras ya maduras que tocaban temas personalísimos como la adicción a las drogas, una inquietante insinuación al debut sexual con una menor casi rayano con la pedofilia, y una apasionada súplica contra el desengaño amoroso, entre otras gemas. A ese disco, en el que con pasmosa pericia George se ocupó también de todos los instrumentos y de grabar sus propios coros, no le faltó su cuota de conciencia social . Todo esto realizado  con la pasión de un auténtico soulman, y el pulso  funky de un hombre orquesta que hacía recordar a los mejores Prince y Stevie Wonder (a quienes Michael idolatraba).

El impacto (más bien asombro, por comparación con lo anterior) que me produjo ése álbum no pasó inadvertido para el público más amplio ni para los más exigentes críticos de rock. Al igual que “Thriller”, “Faith” atravesó barreras sociales y raciales de todo tipo. Sus singles ocupaban los primeros puestos de ventas de música negra en Estados Unidos, en pleno auge del rap y el hip-hop, que no es poco. La biblia canónica del rock y pop de esa época consagró al disco como uno de los 100 mejores de la década y no tengo mucho para debatir al respecto.

Luego llegó “Listen Without Prejudice, Vol.1” en el que su música se tornó aún más solemne y sombría. Ya a Michael no le alcanzaba con su talento y las aclamaciones públicas de la gente más respetada de la industria musical. Quería que lo tomaran más en serio.  Si, MAS. Tanto, que se cansó de la icónica imagen de su video revoleando el traste  para pasar a otro en el que limpia su propio espejo quemando la chaqueta de cuero que había hecho famosa en ese video . Un gesto que todos podemos reconocer  con el nombre de “libertad”.

Pero no tan rápido. Luego vinieron años de eterno silencio, batallas legales para liberarse de la discográfica que lo presionaba con un nuevo disco y otras yerbas que desconocemos pero que intuimos. El disco, llamado “Older” salió seis años después y los mismos críticos que lo habían tomado muy en serio ya estaban en otra cosa, igual  que el panorama musical. Ya estábamos en los 90. Y a George le pasó algo feo: no sólo se había tornado irrelevante para casi todo el mundo, sino que la noticia más rutilante no tenía que ver con su nuevo disco.

Resulta que lo “pescaron” teniendo sexo oral en un baño público de Los Angeles con un oficial de policía. Tanto esfuerzo  y años en liberarse de algo para que lo atrapen in fraganti justo en ESO. ¿Quién hubiera podido liberarlo del escarnio público? ¿Acaso las mismas chicas con las que prometía  tener sexo pecaminoso en “Faith”?

En mi opinión, esas chicas crecieron igual que George y ya hacía tiempo que todos sabíamos que esas canciones sublimes y eternas podían estar dirigidas a cualquiera de nosotros, sin distinción de género. Todos nos volvimos “más viejos” en algún momento. Y, con suerte, también más sabios. George Michael  lo aprendió por la fuerza (pública).

Así que, por una ironía del destino, llegamos a “Outside”, el single y video posterior a la “salida del closet” de George Michael y de su disco “Older”. La única respuesta posible era dejar de querer ser serio. Dejar de ser algo que le había costado años construir. Liberarse de verdad. No sólo de su chaqueta de cuero o discográfica. Incluso, si por eso tenía que despojarse de su costado más funky  y comprometido con  uno de los temas más inofensivos y banales de su carrera. ¡George ahora hace música disco! ¿Que había quedado del artista cuya canción que abre esta reseña se niega a aparecer en el video original para resaltar su desvastadora letra?  ¡Hizo llorar a Paula Abdul, por el amor de Cristo!

Quizás en “Outside”, su video más genial, encontremos una respuesta.  Quizás no nos llevará a la iglesia ni tenga suficiente góspel que  nos regale el cielo. Al final de cuentas, lo único que importa es que podamos liberar nuestro espíritu. Bailando, si es posible. Y en donde se nos de la gana.

 

 

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